Perlas del Ayer

Centro: Individual - Barcelona
Autores: Lluís Fontanet

Saliendo de la boca del metro como cada día, me encaminé hacia arriba por la Calle de Pi i Maragall en uno más de esos días de abril en que las nubes se barren con lluvia y las lluvias se barren con nubes. Volviendo de la universidad como cada día, subiendo las escaleras como cada día, comprando en la panadería de cada día. Bueno, de un par de veces por semana. A la altura de la calle Pau Alzina vi un hombre de pie con una rosa, congelado delante de un típico portal modernista, parado en el tiempo, llevando sobre sus espaldas el peso de muchos largos días. En una mano blandía caída una rosa en la yema de sus dedos y con tristeza apenas sujetaba un libro de tapa roída. De golpe, cortando los velos del tiempo que le ataban, se desplomó sobre sus rodillas y cerró los ojos al intentar volver a ver las cosas que ya no estaban. Perlas fluían de sus ojos hacía el adosado de donde brotaban recuerdos.
En ese día de Sant Jordi, ¿cómo podía estar alguien tan solo con sus recuerdos, tan pobre de vida? Entonces recordé a Marta con quien intercambié malas palabras hoy mismo y ni le dije adiós. ¿Realmente quería que ella no fuera ni un gran recuerdo? ¿No vale más la pena estar de viejo como este hombre rodeado de las perlas de sus recuerdos? Inmediatamente, eché a correr hacía ese piso de la calle Bonanova, donde me planté en el portal de pie con una rosa esperando oír sus pasos hasta que al final, allí estaba.

 


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Perlas del Ayer

Saliendo de la boca del metro como cada día, me encaminé hacia arriba por la Calle de Pi i Maragall en uno más de esos días de abril en que las nubes se barren con lluvia y las lluvias se barren con nubes. Volviendo de la universidad como cada día, subiendo las escaleras como cada día, comprando en la panadería de cada día. Bueno, de un par de veces por semana. A la altura de la calle Pau Alzina vi un hombre de pie con una rosa, congelado delante de un típico portal modernista, parado en el tiempo, llevando sobre sus espaldas el peso de muchos largos días. En una mano blandía caída una rosa en la yema de sus dedos y con tristeza apenas sujetaba un libro de tapa roída. De golpe, cortando los velos del tiempo que le ataban, se desplomó sobre sus rodillas y cerró los ojos al intentar volver a ver las cosas que ya no estaban. Perlas fluían de sus ojos hacía el adosado de donde brotaban recuerdos.
En ese día de Sant Jordi, ¿cómo podía estar alguien tan solo con sus recuerdos, tan pobre de vida? Entonces recordé a Marta con quien intercambié malas palabras hoy mismo y ni le dije adiós. ¿Realmente quería que ella no fuera ni un gran recuerdo? ¿No vale más la pena estar de viejo como este hombre rodeado de las perlas de sus recuerdos? Inmediatamente, eché a correr hacía ese piso de la calle Bonanova, donde me planté en el portal de pie con una rosa esperando oír sus pasos hasta que al final, allí estaba.


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